Cultura

Nuestra pequeña burguesía intelectual y literaria

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Escrito por Debate Plural

Diógenes céspedes (Hoy, 1-11-08)

Si Francisco Moscoso Puello abdicó, en las “Cartas a Evelina” a la corona de la responsabilidad intelectual de dejarnos un diagnóstico del comportamiento, hábitos, costumbres y sicología de la pequeña burguesía dominicana en su funcionamiento intelectual y literario, estimo que no fue por miedo a los revólveres que estos portaron desde el siglo XIX hasta el XX, sino a la lengua venenosa de que están dotados.

Aunque es cierto que el pequeño burgués intelectual y literario se mata con cualquiera si se atenta en contra de su “modus vivendi”, cual es el empleo público que le ofrece la burocracia estatal como único medio de acumulación de riquezas o de sobrevivencia, no es menos cierto que esta clase social sufrió un golpe severo cuando Trujillo siguió la política de desarme total emprendida por la ocupación militar norteamericana.

Sin embargo, las páginas sangrientas de la prensa dominicana registran pocas muertes entre intelectuales y literatos a causa de chismes o serruchadera del empleo. Más bien tales muertes, o a veces atentados, se debieron a la política, como en el caso del poeta Félix Mota fusilado por Santana en 1861 y el poeta Eugenio Perdomo por los españoles anexionistas en 1863 o la de Arturo Freites Roque en 1914 a causa de su antirreeleccionismo y a su denuncia de los desmanes del gobernante de turno. O a asuntos de falda, como en el caso del poeta Eduardo Scanlan. A amenazas veladas de los remanentes del lilisismo a Miguel Ángel Garrido debido al fusilamiento del general Valverde y su fiel seguidor Manuel Otamendi, periodista. O un caso agravado como el fusilamiento del poeeta Juan Isidro Ortea por Lilís cuando se le apresó en 1881 con las armas en la mano, víctima del temible decreto de San Fernando.

Tanto Ortea como el poeta Manuel Rodríguez Objío publicaron tremendos panfletos denuncias en contra de los desmanes de Lilís y Buenaventura Báez y se les fusiló debido a la ira personal del poderoso que no perdonó ni el insulto ni la verdad de la denuncia. Menos que por la posición política de adversario de esos regímenes, se les fusiló para escarmiento. Denuncias más graves habían sido perdonadas a otros enemigos. Los dictadores funden denuncia verdadera e insulto personal para su provecho y desgracia de quien los formula. Trujillo fue implacable con este tipo de intelectual: Requena, Galíndez, Marrero, Almoina son los de más viso.

El desarme trujillista dejó a los intelectuales y literatos que le sobrevivieron con armas más letales que la de un simple revólver: El chisme, la difamación, la injuria, el rumor, la zancadilla… Estas armas son usadas a diario para destruir  reputación, honor y fama personal o para descalificar las obras literarias de un adversario que compite por un puesto burocrático, un premio en un concurso o una simple designación de miembro de un jurado. Estas armas son la herencia de la democracia representativa instaurada luego de la caída de la dictadura.

Con la caída de las ideologías y sus dogmas, el grado de confrontación entre intelectuales y literatos se congeló. En la época de la “guerra fría” eran comunes las galletas y puñetazos entre los pequeños burgueses intelectuales y literarios de nuestros guetos culturales. Incluso a menudo entre miembros de un mismo gueto. Imaginaos el drama si los revólveres y pistolas estuvieran fácilmente al alcance de esta especie.

En la actualidad, la primacía de la cultura y la literatura “light” a escala planetaria ha producido una generación –la del neoliberalismo– de intelectuales y literatos más permisivos, relativistas y hedonistas, situación que ha reducido las confrontaciones. “Si to e to y na e na; la vida hay que gozarla y pasarla bien”, ¿para qué matarse o enemistarse por tonterías literarias?, aconsejaría cualquier intelectual “light”. Pero no es tan fácil seguir ese consejo cuando lo que está de por medio no son asuntos literarios, sino el “modus vivendi”, que permite consumir y realizar los demás contravalores “light” o frívolos.

La última confrontación entre poetas fue la sostenida por Alexis Gómez, Mateo Morrison, Enrique Eusebio y José Rafael Lantigua en torno a la antología que recoge los trabajos de los miembros del grupo La Antorcha. Ahí se disputó la paternidad o autoría del compilador Gómez. Los discursos publicados en Areíto comportaron un arsenal de insultos que superaron los promedios alcanzados por políticos y religiosos.

Pero no se usaron, gracias al desarme, revólveres o pistolas, aunque de esa escaramuza y su relación entre lenguaje y poder salió perdedor  el poeta Gómez al ser cancelado de su cargo en la Secretaría de Cultura. La dictadura de Trujillo soldó la unidad de la pequeña burguesía intelectual y literaria que llegó de provincia y la que ya estaba instalada en la burocracia pública capitaleña o en los medios de comunicación. La unidad era aparente, pues la “aristocracia del talento” repudiaba a los “advenedizos” de provincia, que, en su mayoría, crearon la novela trujillista y la propaganda que adormecía a la población a través de la radio y la televisión o las conferencias de esos “intelectuales y poetas” auspiciadas por el Partido Dominicano a escala nacional.

Hoy no existe esa coerción dictatorial. Pero comparada la calidad de las obras  literarias (no las de propaganda) de los poetas y escritores del trujillismo analizados por Rufino Martínez en “De las letras dominicanas”, las de los tibios como los Rubens Suro, las de los francamente opositores como Freddy Gatón Arce que figuró en la lista negra del SIM y los del 48 (Valera Benítez, Villegas, Vicioso), las de los poetas y escritores de hoy, que gozan de amplias libertades políticas, han tenido la mala suerte de quedar atrapadas entre el compromiso literario  de los años 60-80, el mimetismo de la literatura de la muerte y la metafísica y, finalmente, a partir de la caída del muro de Berlín,  reina la  literatura “light”, la única que tolera el neoliberalismo y su libertad del mercado.

No es casual si hay una cohorte de literatos que hablan con la terminología del liberalismo: competitividad, sostenibilidad, nicho, ventaja comparativa, “joint venture”, tasa de retorno, imagen corporativa y otras sandeces.  Semejante ideología se vino abajo con la crisis financiera internacional y la vuelta al Estado intervencionista y regulador dirigido ahora por George Bush. Esta ideología impuso, con Reagan. El neoliberalismo fue impuesto por Reagan. Recordad su consigna: “Derribe ese muro, Señor Gorbachov”.

El intelectual y literato pequeño burgués que quiera salir de los esquemas ideológicos que les ofrecen los sistemas políticos geométricos analizados por Octavio Paz, debe seguir la escogida senda de los pocos sabios que en el mundo han sido estandartes de la crítica del Poder, sus instancias y sus ideologías y orientar el sentido de sus obras por el único camino que garantiza la calidad literaria y les justifica como escritores y escritoras.  Esta crítica radical de la sociedad  permite conocernos a nosotros mismos y no caer en la tentación de tomarnos cualquier crítica a nuestras obras como una cuestión personal de vida o muerte.

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