Nacionales Sociedad

Sobre el papel que juega la herencia colonial de España en la percepción racial de los dominicanos

Escrito por Debate Plural

Jean Ghasmann Bissanthe (Hoy, 24-9-11) 

La historia dominicana ha pasado por diferentes etapas desde que la dominación imperial de España sufrió un duro revés en los siglos XVI y XVII debido a la infiltración de contrabandistas y aventureros holandeses, franceses e ingleses en la isla La Española. El movimiento de la Reforma Protestante promovido por Martín Lutero desde Alemania tuvo gran impacto en las poblaciones europeas de tradición católica. Los luteranos aprovecharon sus viajes para debilitar el poder de la iglesia católica en La Española y América con sus biblias. El catolicismo y la lengua española son los dos principales pilares de la hispanidad. Pero algunos escritores interpretaron la historia dominicana con el elemento racial para diferenciarse de Haití. Con la influencia positivista (XIX) y una referencia nostálgica a una España donde la raza no se debatió. Luis Joseph Peguero, de los fundadores del pueblo canario de Baní en el siglo XVIII, publicó dos tomos sobre «Historia de la Conquista de la Española de Santo Domingo» con trasfondo hispánico. El primero en 1762 dedicado a la «traspuntada de la Historia General de las Indias», y el segundo escrito en 1963 incluye la historia sobre el mismo del cronista don González Fernández de Oviedo (Joseph Peguero, Luis. Historia de la Conquista de la Isla de Santo Domingo. Museo de Las Casas Reales. Santo Domingo, 1975). Peguero defendió la cultura hispánica y consideró a Inglaterra y Francia como naciones infernales, exaltando el catolicismo y su amor a España y elogiando a los valientes dominicanos “que han sabido defender a la isla Española”. Luego apareció en el escenario historiográfico Antonio Sánchez Valverde quien en 1785 publicó en Madrid «Idea del Valor de la Isla Española», en la que señala los beneficios que la isla podría garantizar a la monarquía al fomentar la agricultura con grandes plantaciones de azúcar, café, algodón, tabaco, cacao, etc. Con ese sistema de producción, entendía que se podía competir con los colonos franceses del Oeste y que mermaría en Santo Domingo la producción ganadera. (Campillo Pérez, Revista Clío, mayo-diciembre 1996, # 155, págs 42-43).

Por su lado, José Gabriel García (1834-1910) y Manuel Ubaldo Gómez (1857-1945) fueron muy influyentes en las nuevas generaciones de intelectuales liberales y pro-hispánicos como Américo Lugo, Francisco Bonó, José López, Emilio Demorizi, Pedro Henríquez Ureña, Arturo Peña Batlle, Joaquín Balaguer, entre otros. Sin embargo, el hispanismo se quedó cojo con Américo Lugo, padre de la ideología nacionalista dominicana, quien menospreciaba la capacidad política y religiosa de su pueblo. Si del hispanismo hubiese tal vez surgido el amor propio a la nación misma, Lugo no hizo más que sepultarlo mediante su visión pesimista expresada sobre su país en su tesis doctoral de Derecho. Tanto el positivismo hostosiano como el liberalismo progresista tuvieron su influencia en los intelectuales dominicanos de la primera mitad del siglo XX que discurrían sobre la hispanidad y la inexistencia de la nación. Lugo argumentó: «El pueblo dominicano no constituye una nación. Es ciertamente una comunidad unida por la lengua, las costumbres y otros lazos; pero su falta de cultura no le permite el desenvolvimiento político necesario a todo pueblo para convertirse en nación… Los pueblos ignorantes serán supersticiosos, fanáticos, intolerantes, inquisidores; pero no serán nunca, no podrán ser religiosos» «Lugo: el Estado dominicano ante el derecho público», en Vetilio Alfau Durán (ed), Amé- rico Lugo: Antología. Santo Domingo, 1949, pp. 40-42).

El que ha defendido con más ahínco en el siglo XX la hispanidad, es Joaquín Balaguer, quien introdujo el nuevo elemento racial africano que los pioneros de la corriente hispánica Luis Joseph Peguero y Antonio Sánchez Valverde habían manejado con bastante cautela. El mulato Sánchez Valverde había propuesto un desarrollo de la colonia española con una mano de obra esclava de origen africano, y la consecuencia inesperada de ese modelo sería indiscutiblemente un nuevo predominio de la raza africana en la parte oriental de la isla. Pero sus recomendaciones se quedaron en letra muerta debido a los acontecimientos producidos en la colonia francesa de Saint-Domingue en el último cuatrienio del siglo XVIII, el mismo período que se corresponde a su polémica obra: «La Isla al Revés». El menos interesado en rescatar la hispanidad en Santo Domingo era España, la cual concedió el dominio absoluto de la isla a Francia con el acuerdo de Basilea (1795). Con respeto al elemento racial, Balaguer hizo un razonamiento inductivo en su obra ya citada para explicar la esencia del pueblo dominicano y escoge a Baní como punto referencial. Defiende la banilejidad o dominicanidad de una manera persuasiva de tal modo que ningún otro escritor haya podido superarlo, ni siquiera Eugenio María de Hostos, Francisco Gregorio Billini, Eugenio Deschamps y Joaquín Sergio Inchaústegui, quienes solían ensalzar las virtudes de las familias banilejas. Balaguer sustenta: «Baní, región poblada por un grupo de familias de origen canario, nos ofrece un testimonio de lo que sería la sociedad dominicana si desde 1809 se hubiera seguido, respeto a la población blanca del país una política semejante a la que en 1563 se inauguró para conservar en su mayor pureza a la población indígena. El núcleo constituido por la sociedad banileja es la Flor de la República…». (Balaguer, Joaquín. La Isla al Revés, Editora Corripio, Santo Domingo, 1987, p. 61). No entendemos cómo podría haber un proyecto de preservación de la raza taína si ya para los años 1540 se habían escaseado o desaparecido, según el propio Balaguer y el fraile de Las Casas (Ibíd., p. 59). Hay que tener en cuenta que los nexos establecidos en la época precolombina entre los indígenas de Quisqueya, Cuba y Jamaica habían creado preocupaciones en las clases directoras de la colonia española del siglo XVI.

Al querer reinventar la sociedad dominicana, Balaguer puso de manifiesto en su reflexión la fórmula inductiva. La justificación analítica de esa fórmula ratifica sus intenciones hispánicas; sin embargo se contradice cuando acepta como un hecho irreversible la composición mixta del pueblo dominicano. El autor de «La Isla al Revés » enfrentó un gran dilema al verse imposibilitado de corregir una realidad genética. Él afirma: «Sería infantil negar que una parte de la población de nuestro país es negra y que por sus venas circula, como circula por las de Haití, la misma sangre africana. El mestizaje fue pues, un fenómeno común entre ambos países, con la diferencia de que en Haití, debido a que desde su origen fue mayor la población negra que la blanca, se efectuó en mayores proporciones. (Pag. 189).

Desde el siglo XIX, la nación representaba para la élite liberal dominicana un lugar donde se nace, se vive y se crea una comunidad de interés. Así, emergen unas familias poderosas que pusieron el prestigio y la inteligencia como condiciones sine qua non para dirigir el Estado. Pero nunca hubo uniformidad religiosa, tampoco una cultura política compartida que diera alta prioridad al derecho de integración social y cultural en la sociedad dominicana. Esa falla constituyó un obstáculo que impidió a la sociedad desarrollarse sobre la base de los principios de consentimiento y de respeto de los derechos individuales. La crisis política de 1844, las persecuciones de los afrancesados en contra de los Trinitarios y las guerras fraticidas entre anexionistas y restauradores entre 1861 y 1864 demuestran que la cultura libertaria no estaba tan arraigada para aglomerar a todos los dominicanos bajo una sola bandera.

Balaguer se atormenta porque «las autoridades coloniales no habían podido desarrollar una política de preservación de la pureza racial de los españoles, siguiendo los esfuerzos de las comunidades canarias de Baní que promovían los valores homogenizantes». En el fondo, su verdadero afán era la búsqueda de una ley universal que justifique su tesis de la hispanidad. Con su derrota interior germinaba una esperanza en el porvenir, colocando a los banilejos de ascendencia canaria en medio de una empresa nueva y como representantes legítimos de la identidad dominicana e hispánica. Según Balaguer, con la veneración de los valores basados en la hispanidad y la cristiandad, Baní venía siendo un modelo a seguir por el resto de la sociedad dominicana. Por ello, sustentaba: «Hacer de toda la población dominicana una comunidad como la Baní, debería ser el ideal de todos los hombres que aspiran en el porvenir y no en el pasado la edad dorada de la República». Afirma: «Santo Domingo es el pueblo más español de América». (Ibíd., p. 63). Ahora bien, si los valores de la españolidad o dominicanidad defendidos por los escritores conservadores tales como Balaguer, Peña Batlle, Rodríguez Demorizi, entre otros, se basan en tradiciones católicas y españolas, deberíamos preguntar si naciones como Colombia, Venezuela, Cuba y Puerto Rico son también «dominicanidad» porque tienen los mismos elementos en su proceso evolutivo. La nacionalidad es un proyecto de la época post-moderna, un movimiento ideológico de progreso y de civilización vinculado a los principios liberales para mejorar la sociedad en los ámbitos educativo, político, lingüístico y económico. Balaguer inventó una falsa nación a partir de la tesis del blanquismo o europeismo. Para ello, puso a los canarios de Baní y los de la Cordillera Central como centro de su estudio, como gente española que se distingue por sus rasgos físicos y tradiciones culturales. Logró construir una plataforma histórica a favor de una concepción racista y anti-haitiana sin darse cuenta de que los canarios eran racial y culturalmente mezclados desde el archipiélago canario.

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