Cultura Educacion

EL MAESTRO PEDRO HENRIQUEZ UREÑA

 

Pedro Henriquez Ureña

Pedro Henriquez Ureña

Lilliam G. de Brens, (Diario Libre, Santo Domingo)

Pedro Henríquez Ureña fue un notable maestro poseedor de una amplia y sólida cultura humanística y de una actitud permanente de servicio. Buscando el sosiego para el desarrollo de sus ideas y llevar a la práctica sus aspiraciones de un magisterio libre de coacción, se insertó en otros contextos sociales diferentes al de su procedencia. En el marco de la docencia fue un ejemplo, no sólo por su capacidad intelectual, sino por sus virtudes personales. De allí que al hablar de este señor haya una referencia natural al magisterio, a la persona y a sus hechos; así como también una indicación al humanismo como uno de sus principios fundamentales y surja la necesidad de la referencia al nacionalismo como él lo entendió y lo practicó. Indagar en la vida de dicho personaje conduce develar los detalles de una vida sencilla, pudiendo, sin embargo, por su capacidad y procedencia tener acceso a una vida fastuosa. De allí que hablar del maestro que sigue inspirando, es hablar de identidad y realización propia, es encontrar grandezas en las cosas sencillas de la vida y en la cotidianidad del ambiente, es encontrar creatividad.

Obviamente que los padres de Pedro Henríquez Ureña educaron con esmero a su vástago, sobre todo en lo que se refiere a la estimación de los valores humanos fundamentales de la vida. Al decir de su hermano Max (1984), ese hogar fue una escuela fecunda, un escenario de las primeras y más fascinantes experiencias de aprendizaje que le ofreció la oportunidad de revelar a muy temprana edad su aptitud para la enseñanza y el ingenio del maestro, cuya labor ejerció con entrega absoluta. Salomé Ureña y Francisco Henríquez, a pesar del sufrimiento de la ausencia física del hijo, sin duda cosecharon los dulces frutos de la labor cumplida.

Supo ser maestro y amigo, así lo reconocen grandes intelectuales de América y Europa con quienes compartió sus aficiones (Henríquez, 1981).

Austero como persona, su método como el de todos los maestros genuinos se basada en la autoridad que emana del dominio de la disciplina de estudio. En todo momento devoto del trabajo, su vida fue enseñanza y constante aprendizaje. No desaprovechó ocasión para el sabio consejo y la orientación atinada, así para las cosas triviales como para las fundamentales (Speratti, 1960). Entre otras características, quienes con él compartieron en trabajo y amistad, mencionan la aspiración a un saber de primera mano, la seriedad en el estudio, la coherencia en la disciplina, el rigor del método, la exactitud de las informaciones, la minuciosidad en los análisis, la probidad, la rectitud en el juicio crítico y la adaptabilidad y la comprensión del alumno. Por todas estas cualidades, fundamentadas en sus ideas y llevadas a la práctica, he reconocido como uno de los maestros más grandes de América.

Comenta Max que la personalidad de su hermano se singularizaba por su temperamento de maestro. Conversar con él era aprender. Jorge Luis Borges, al reiterar el espíritu socrático de Pedro Henríquez Ureña dice que a éste le agradaba estar entre gente joven a quienes comprendía porque consideraba que cada generación tiene derecho a establecer su propia tabla de valores. El afán de orientar a los jóvenes fue una de sus virtudes más sobresalientes. Así como Sócrates, fue exquisitamente cortés en su trato con los demás y, al igual que éste, ponía especial cuidado en no herir los sentimientos cuando hacia críticas o disentía de su interlocutor. Corregía los errores con discreción y deferencia: «Imposible corregir con más cortesía» (Speratti, 1060:VIII). Se complacía más en alabar que en censurar, sin por ello dejar pasar un error sin corregir. Su dedicación a la enseñanza fue ejemplar: hombre sabio y virtuoso que creyó más justo y noble el deber de la enseñanza que cualquier otra actividad.

Las obras de Pedro Henríquez Ureña, en general, reflejan una enseñanza, un consejo, una observación certera y útil y un encausamiento hacia lo provechoso. En la filosofía de la educación dominicana, entre los fundamentos que soportan nuestra escuela, debería insertarse el espíritu de las enseñanzas de este maestro, que se proyectó en la educación como empresa enriquecida por los valores que animaron sus actuaciones: fraternidad, cooperación, inquietud por la verdad, creatividad, autenticidad y rigor científico. Organizado en el dato, en el método y en el procedimiento, sin perder por ello su basamento personal y libre.

Pedro Henríquez Ureña, ilustre maestro dominicano de todos los tiempos, pensó y actuó en el sentido de que es responsabilidad del intelectual contribuir con la superación de la ignorancia de la gente a través de una formación humanista. En tal sentido se refirió en sus escritos a la educación como afinamiento del espíritu que permite disfrutar la belleza expresada en la obra del hombre y en la naturaleza y conduce a apreciar la verdad expresada en las acciones y el pensamiento. La vida y obra de este docente es un testimonio de que la educación que persigue el desarrollo integral del individuo es una conjugación de los bienes culturales significantes y de la experiencia personal. Así como también este proceso es el resultado de la unificación de elementos del pasado y del futuro que se combinan en un presente siempre dinámico.

Recrear la obra de un maestro de esta talla promueve el encuentro de generaciones de educadores y educandos que unificándose en la búsqueda de lo esencial aprenden juntos a discriminar de la realidad lo que es sustantivo y permanente de lo que es accidental y efímero. Porque cada generación se realiza en unidad con la anterior y la sucesiva, pero se patentiza a través de sus características peculiares. Y, aunque cada generación tiene su tabla de valores, se unifica en la cultura, porque cultura es educación.

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